¡Viva Pancho Villa! ¡Las Toyotas vienen bravas!

No hay chamba más padre que ser corresponsal de Motor y Volante.
No te tienes que preocupar de pagar la renta, barrer la oficina ni de ir al banco.
Nomás te llega el aviso por juatz, vas y te trepas al coche.
O a unas feroces camionetas como éstas.

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Hablamos de las nuevas Toyota que se presentaron a varios medios de comunicación  del “sur” americano. Como algunos empleados de las marcas son medio ignorantes de la geografía, siempre nos incluyen entre texanos, luisianeros, arkansianos y floridianos como si todos fúeramos del “deep south”.
Y claro, vamos encantados.
Aquí el reporte de nuestro corresponsal en Texas.

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Había pasado apenas una hora de haber llegado al parque de pruebas todoterreno a las afueras de Dallas, y ya los anfitriones me habían echado “esa mirada” de la que Herr Editor ya me había advertido.
A él ya se la habían “echado” en la zona de pruebas de Land Rover cerca de Manchester cuando sumergió una Defender.

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Al bajarme de la Toyota Tundra TRD Pro nuevecita y 2020, pintada en verde militar pero que ni se le veía el color de la cantidad de lodo encima, inmediatamente alcé las manos y dije en voz muy alta: “Les juro que no la rompí yo, lo juro”.

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Si sumamos toooodos los recorridos a campo traviesa (más lodo que campo), la cantidad de reata soltada para jalarnos a nosotros mismos y los vehículos, estaba seguro de que al final del día algo se rompería, fallaría o por lo menos se doblaría.
Incorrecto. Después de llevar la línea completa de Toyota TRD Pro 2020 hasta su límite (mucho mayor que el mío, que ya casi vomitaba) quedó claro que la línea TRD Pro es totalmente única y especial para los entusiastas de este tipo de locuras.
Me enamoré de la pick up. Igualito que le hubiera pasado a Pancho Villa.

No alcancé a dar ni la primera vuelta en el curso de alta velocidad sobre tierra antes de que los sistemas de seguridad de la pickup de plano cortaran la energía. Se prendieron todas las luces de advertencia en el tablero como diciendo “¿quién eres, maldito, por qué nos mandaron un mexicano destructor?”.
Le dije “Tú déjame solo, camioncito, y verás lo que es canela”. Así que para la segunda vuelta, desactivé las niñeras electrónicas de la camioneta para ver si los resortes y amortiguadores estaban como para atraer a Pancho Villa con todo y sus dorados.

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Uh, ustedes no saben cómo se pone un mexicano cuando le pican la cresta en Texas.
“¡Muera el Alamo, fuleros!”, grité a todo pulmón y le pisé a todo lo que daba y los demás “sureños” tuvieron que tragarse el polvo. Los V8 con que cuentan estas camionetas no tienen monerías como paletas en el volante o correctores de curso con radar y niñerías parecidas. Hay que venir al alba para traer el engrane correcto en cada régimen y no dejar que el 5.7 litros de la vieja escuela caiga en sus áreas de rpms flojas. Si le bajas de 100 (km, que yo prefiero medir así porque es a lo que estoy acotumbrado) la camioneta relincha y bufa. En no menos de tres ocasiones sentí que el eje trasero perdía contacto con la tierra por un segundo. O dos. O tres.
Cuando por fin aterrizaron nuevamente, el camión se recompuso solito y con todo ímpetu continuó empujándose (y empujándome) con todo hacia adelante. Se mantuvo estable, a pesar de los reclamos de mis riñónes (“¿tendré piedras en las vias urinarias”, alcancé a preguntarme) y las llantas que parecían de tanque de guerra no chistaron ni tronaron.

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“¡Esto es de locos!”, me dije mientras miraba de reojo a mis colegas que iban cada quien en su montura haciendo lo mismo que yo, ¡pero ellos a propósito!

Me rindo, terminando mi reporte; estas camionetas son muchísimo más feroces -y fuertes- que yo. Que no te engañen sus campanitas de alarma. Les vale madres cómo brincas y qué rompes.

Y entonces entendí: “esa mirada” es un reconocimiento de hombre a hombre, de que lo has hecho bien.
Y las Toyotas tan campantes, vueltas a lavar y a comenzar de nuevo, ahora con los del “norte”.

 

            

@ToyotaMex