¡TÓMAME! Te dice el BMW M850iA

A veces la suerte se torna a tu favor.
Y en tus manos descubres las llaves de algo que no te esperabas.
Es como entrar al paraíso, aunque sólo sea por una hora.

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La Serie 8 es, quizá y contra todos los pronósticos, el auto que un genuino BMW debe ser…, no, que TIENE que ser, tal y como lo has soñado siempre.

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No tienes ni que pedirlo, y ahí está. Lo que sea. Desde un cómodo viaje por carretera, hasta un potente cohete para dejar atrás a todos en el semáforo (y tal vez en el circuito de aficionados) y que, además, ya en las curvas te hace voltear a ver el tablero, los asientos, las texturas, los olores para ver si el coche en el que vienes es realmente el coche en el que vienes.

 

Ligero al volante, espacioso sin perder lo  atento al pedal, bien sujeto al piso, un ronroneo como de tigre en reposo y el radio apagado, como se merece un auto así, que ya es música por sí mismo.

Este convertible cuesta aproximadamente dos millones y un cuarto de pesos bien o mal ganados. En este país ya no se sabe.

Aunque es más ancho y más pesado que el equivalente anterior -que era un Serie 6- el 8 es más deportivo. Y mucho más caro. Y más selecto pues me parece que este que vengo manejando es casi el único en el país y, me alegra decirlo, es producto del arte.
Literalmente.
Porque su propietario se ganó este tremendo monto de dinero vendiendo en NY una de sus obras. Ya ha vendido decenas, no es ninguna novedad. Es un artista reconocido mundialmente.

Y, sin embargo, el comprador de la obra es como cien veces (¿o mil? ¿o un millón de veces?) más rico que el artista que lo pintó.
El comprador, empresario multimillonario.
El “pintor” (así se presenta él) es sencillo, mexicano, pelón, simpático, sonriente, galanazo y entrando al retiro.
Pero ya no pintará más.

Ah, y es  amigo mío desde hace 40 años cuando ni él “ni yo” éramos famosos, jajajaja.
Dice: “vivo solo, mis hijas ya tienen garantizado su futuro, ya tuve un 635i, luego un Z3 y siempre me quedé con ganas de ver qué había hasta arriba de  la gama. Y no quería una limusina como la de mi gentil benefactor”.
“La diosa fortuna me estaba dando señales y no quise ofenderla. Me quedó clarísimo al descubrir que el coche en México costaba exactamente lo mismo que me depositó la galería”.

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Arrancamos.

BMW construye la Serie 8 sobre su arquitectura CLAR modular, que es la misma base de los autos de las Series 5 y 7. Es una plataforma de múltiples materiales que utiliza acero, una saludable porción de aluminio, un túnel central de plástico reforzado con fibra de carbono e incluso una viga en el tablero contrafuego fundida en magnesio. A todo eso, BMW le atornilla una suspensión delantera de doble horquilla y una suspensión trasera de cinco brazos. Y adelante, le mete sin esfuerzo un V-8 de 4.4 litros con el que comenzamos a subir hacia la “890”, nuestro tramo secreto (por eso el numerito disfrazado) con mi amigo ya equipado con su boina de manejar (es por calvo y le da frío) y agarrado como si ya viniera yo haciendo locuras.  Y apenas estamos entrando al Paso Express que sí es peligroso, pero, vamos, no tanto.

Ya allá arriba y entrados en materia, el auto corta las angostas curvas como me gusta comer los tallarines, rebanados con cuchillo antes de meterlos a la boca (así cortos y bien educados es como me enseñó mi mamá) porque el volante va ordenando virajes rápidos y directos, y con gran sorpresa mía el automóvil me obedece, desmintiendo su tamaño y peso. Incluso esquiva sin tropiezo un árbol caído sobre nuestro carril aunque el chofer de un viejo camión de mudanzas que viene de frente lentamente pela unos ojotes del tamaño de la luna. Las llantas ni se dieron cuenta.

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Este convertible mide 4m 85cm a lo largo y 1.90 de puerta a puerta.
Tan largo como una Explorer. Y más ancho. Ese ancho es el único problema en este estrecho y sinuoso tramo de carretera tipo “C”. El BMW ocupa casi todo del carril, pero no toca la raya divisoria ni una sola vez gracias en parte a la dirección añadida en el eje posterior, que gira las ruedas traseras hasta 2.5° grados a menos de 80. Los modos Sport y Sport+ suben ese umbral a casi 100 para ayudar al M850i ​​a dialogar con las curvas.

El M850i ​​permanece plano a medida que pasa de acotamiento a acotamiento. Sin embargo, en la autopista se sentía como flotando. ¿O volando?
Gran invento del hombre alemán del sur que son los bon vivants. A ellos se les tenían que ocurrir resortes y amortiguadores de paso variable.

Casi se percibe una conversación entre el diferencial M Sport y el sistema X Drive de tracción total, que funcionan en conjunto para enviar más potencia a las ruedas traseras y luego distribuirlo a la rueda exterior en las curvas. Ese tipo de vectorización del torque ayuda a tomar las curvas de manera mucho más apretada que lo que mi estómago preferiría. Pero maravilla, el diferencial de atrás hace que el eje trasero se bloquee rápidamente, para reducir la potencia de una u otra rueda, de manera instantánea al salir de las curvas.
¿Así, solito?
Sí.

8.6

Y ¡qué potencia! El doble turbo V-8 de 4.4 litros genera 530 caballos de fuerza entre 5500 y 6000 rpm con 553 lb / pie de torque desde apenitas las 1800 rpm hasta las 4600 vueltas. El torque hasta relincha, pero hay que ver que esta nave pesa.
En el modo Sport+, funciona como transmisión automática de 8 velocidades para brindar potencia sin turbo-demora (qué exagerados, nunca la sentí) y así mantiene arriba la aguja lo más alto posible. Si quieres. Si no, también puede mantenerlas abajo, pero eso no es lo que queríamos hoy.

Esto no lo constatamos, pero la marca dice que llega a los 100 km/h en 3.8 segundos y a una velocidad máxima gobernada electrónicamente de 250. Les creemos, pero nos conformamos con lo que se siente sin mirar el velocímetro.

No conformes, Béme dice que viene en camino un M8 con 617 caballos de fuerza.
¿En serio? ¿Para qué?

El equilibrio entre lujo y desempeño se repite en la cabina. Los detalles de lujo incluyen una sabrosísima tapicería de cuero de borrego Merino (del que se hacen los trajes de Saville Row, para que te enteres), molduras en aluminio, acero inoxidable, negro piano y otras dos maderas que sepa cómo se llaman. Y el colmo, los controles opcionales con punta de vidrio que parecen el famoso cristal de Swarovski. Cierran la ovación un volante deportivo, pedales y hasta el pedal de apoyo, todos de la división M.

¡Clap, clap, clap!

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Ya de regreso, mi amigo se quitó la boina y me presumió la loneta. Abre o cierra en 15 segundos, pero verdaderamente crea un sello hermético que bloquea el ruido de la carretera, igualito que un hardtop. Sin embargo, es gruesa por sus mecanismos y reduce el espacio interior al grado que en los asientos traseros ya no queda espacio para las piernas -si las quieres abrir- y los hombros.

Adelante nos vienen valiendo los de atrás porque vamos como magos. Mi cuate dice que sus hijas son chiquitas y ni se dan cuenta.

Yo sí. Me muero de envidia. No quiero devolver el control. Le digo que me lleve a mi casa (a media cuadra pero por molón, por no bajarme).

Esto, estas sensaciones, estos regalos de la vida son los que aprendí la primera vez que manejé un Béme grande. Que sólo se “ven” grandes por fuera. El coche con el que me he integrado más fácil y rápidamente siempre será el M5.
Porque esté lujosísimo convertible por dentro y al volante se siente como, bueno, no me apedreen, el verdadero padre del Mini si ese enano fuera cómodo, lujoso y bonito.

¿Cuál es el secreto de la marca de Baviera?
No, no es el lujo, ni es el desempeño.
Tampoco la calidad.
Claro que todo eso lo tiene, pero las otras grandes marcas de lujo también.
Lo que esas no tienen es esta sensación de hacerte sentir, y decir, “no me bajo, este coche ya es mío, o yo soy suyo”.

¡Tómame!

                                                                      Gabriel Novaro

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