Autopía: ¿Qué ha cambiado en medio siglo? Poco.

Desde luego, habrá quienes salten a discutir que “ha sido mucho” porque ya llegaron las bolsas de aire, los coches eléctricos y cosas así.
No cuentan, digo yo.
O al menos, no para los fines de esta columna editorial.

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Tomemos como muestra este par de autos trascendentales (sobre todo porque a ambos los manejé en sus momentos de novedad) el Jaguar E-Type, que me lo prestó César Costa cuando lo estrenaba en su apogeo como cantante rockero y yo era pianista rockero también.

Y del otro lado del escenario, el Porsche Carrera GT (que casi medio siglo más tarde la propia marca me prestó en una pista alemana).

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Ahí está: los dos parámetros opuestos solo por el paso del tiempo, ambos en una misma banda o frecuencia y con las mismas manos al volante.
La diferencia fundamental puede ser nada más que cuando manejé el felino yo era un joven imberbe de 20 años de edad, pero que ya le tupía duro al velocímetro y por eso me lo soltó Cesar (éramos familias muy cercanas) porque él no se atrevía a meterle para conocer sus límites.
Mientras que cuando manejé el auto germano ya estaba yo en plena madurez y capacidad, a los 55.

Ese detalle de la edad tiene dos filos. Por un lado, a los 20 el cerebro apenas se ha formado (o casi) y no sabe medir muchas cosas, entre ellas, el peligro. Pero por el otro, se goza de un entusiasmo y una habilidad física que luego ya no se repite.
Mientras que en plena madurez uno ya sabe medir las consecuencias de sus actos y en el camino ha aprendido muchas mañas y virtudes, si bien la habilidad tiene que sustituir a la vitalidad.

A propósito elegí fotografiar estos dos modelos a escala (parte de mi pequeñísima y selectísima colección -solo ocho vehículos de los cuales dos son aviones) porque de alguna manera manifiestan más similitudes que diferencias.
Por más que un purista diga “¡pero si son totalmente diferentes!”

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Pero no lo son.
Igual que yo tampoco sería igual si pusieran al “mí mismo” de 21 junto al “mí mismo” de 56, lado a lado.

Claro, el físico -la carrocería- denota cambios importantes. El Jaguar tiene el parabrisas mucho más “parado” que el Porsche (si entienden mi velada aseveración).
Además, la silueta del E es quizá la más hermosa que se haya visto jamás en coche alguno, mientras la del GT hasta da miedo.
Uno tiene el motor adelante y otro casi en medio. El inglés es un seis en línea de 3.8 litros  y 265 caballos de fuerza.
El alemán, a cambio, es un V10 que suma 5.5 litros y regala 558 caballos.

Qué bueno, pensándolo bien, que no me los prestaron al revés, el de 558 caballos a los 20 y el de 265 a los 55.
No me quiero imaginar a un chamaco de 20 en el angosto y vericuetoso asfalto entre el Ajusco y las laguna de Zempoala, con 558 equinos salvajes en la “mochila” a sus espaldas.
O el papelón de exigirle de más a los exiguos (para hoy en día) 265 tranquilos cuacos del otro.

Después de todo, al Porsche le pude cronometrar 324 km/h con medición laser y todo, mientras que al Jaguar le metí no más de 200 en un par de rectas en las faldas del Nevado de Toluca.
Suficientes para desorbitarle los ojos a Cesarín que venía agarrado hasta con los dientes. Los cinturones eran nomás de dos puntos y ya se sabía que el cuerpo del E no estaba hecho para chocar. Si no me equivoco, él tenía un concierto esa noche y se le salieron varios gallos. También a mí se me salieron en la pista alemana cuando me atreví a pisar 2a a fondo en un skid pad alemán.

Pero yo no tenía un micrófono enfrente, jeje.
Nomás ciertas partes de mi anatomía atoradas en el pescuezo.

Y no, no pretendo hace un relato de las diferencias dinámicas ni mecánicas entre ambos coches, sino justo lo contrario. Cómo, aun siendo tan distintos, hacen prácticamente lo mismo. No, no en aceleración ni en curveo. Hablo de lo que le hacen a uno agarrado del volante.

La sangre se agolpa en las sienes; la saliva se atraganta, los ojos se botan. Ya he contado cómo al rebasar los 300 km/h la vista se hace como de túnel y solo se concentra en objetos a más de 500 metros, porque si de pronto se te aparece algo más cercano, ya es inútil tratar de esquivarlo y le vas a pegar.

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Pero igual, todavía puedo revivir con absoluta claridad lo que venía sintiendo en ese delicioso ramal de la 95C (a la que de cariño le llamamos la “598” porque una vez eso decía un fantasma clavado en el acotamiento).
En esa carretera hay cortas rectas donde puedes pisarle sin miedo, curvas rápidas y discretas para sentir el viento así como cruzadito, pero también agudísimas y muy angostas y peor de ciegas curvas que son para cuando mucho 100 en, digamos, ese GT, que lo malo es que ocuparía carril y medio.
Yo las tomé a esos mismos pero en un Jaguar mucho más angosto, aunque ya con dirección de piñón, frenos de disco (que los de atrás eran “inboard” que rechinaban re chistoso) y, lo más importante, cada rueda contaba con su propio elemento de suspensión.

100 en ambos, les cuento.
Uno trompudo, ligero y ágil, en manos de un fulano inexperto.
El otro nalgón, pesado y bruto, en las del mismo fulano pero ya sabiendo de cuál lado masca la iguana.

100 igualitos, con la misma cara y apretando los dientes, mero en donde cuenta, arriba en la montaña.

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Lo dicho, en medio siglo lo que cambia es la manera de ver las cosas (o de girar el volante) pero no la historia.

Gabriel Novaro