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Vacaciones al Volante: La “Generala” (la nueva Ford Expedition 2019) sale a ¡corretear luciérnagas!

Si se están imaginando a un militar guiando a un grupo de boy scouts con sombrero y redecitas para atrapar mariposas, pues no andan lejos.
Pero en realidad los boy scouts somos los miembros del consejo editorial de Motor y Volante, y La Generala es una imponente, potente y espaciosísima Ford Expedition Platinum Max.

 

Extracto del reportaje publicado en la revista de Agosto, que puedes leer, bajar o imprimir completa en este mismo portal:
               https://motoryvolante.com/archivo-historico/

Enorme y blanca como la nieve, nos está esperando ansiosamente en la puerta (hasta acá oímos el atractivo canto de su V8, que suena a vaivén rummm… rummm…. rummm) a los siete valientes (van dos colados) que se apuntaron para hacer “turismo de aventura”.
“Vengan, cabemos todos” les dijo el bocón de Herr Editor.

La idea es que nos enteramos que en estas semanas se producen “avistamientos” (así les llaman aunque en realidad son apareamientos) de nubes de luciérnagas que se aparecen en pequeñas hondonadas dispersas en el paraje conocido como Piedra Canteada, muy al poniente del pequeño Estado de Tlaxcala.
El lugar, siendo precisos, es el bosque de la Sierra Nevada donde hay una pequeña ciudad (no le llaman pueblo y más adelante les explicaremos por qué) llamada Nanacamilpa, que es el punto de arranque para la aventura.
“Aquí los esperamos” nos dijeron muy sonrientes las chicas que –a través del teléfono rural- sonaban celestiales. “Nomás traigan dinero” (añadieron).
El chiste que en un rato mañanero ya andábamos alrededor de las faldas del Popo, al que hay que bordear para llegar desde Cuernavaca (a 1500 metros de altitud) hasta Piedra Canteada (a unos 3,000).

Las nieves estaban espectaculares y los guayabos nos veíamos con cara de what? porque todavía veníamos de shorts y de temperaturas por arriba de los 35°C. Ah, la ignorancia de los guayabos que, como nunca salen, creen que todo es como sus jardines llenos de palmeras.

En Cuautla nos encontrarnos de sopetón con un enorme Morelos con machete desenvainado y aire agresivo. Como bien comentó uno de los expedicionarios, ¿quién no estaría de malas usando un suéter de granito de 3000 kilos cuando la temperatura pasa de los 38 grados a la sombra?

Le dimos la vuelta al machete y seguimos derecho.
La idea era esquivar la gigantesca ciudad de Puebla (que ya más bien parece Kuala Lumpur con rascacielos llenos de chipotes como en su piso 25, otros cabezones y unos más con terminados hasta con camuflaje (¿por si hay batallas en algún otro cinco-de-mayo?).
El caso es que no se puede (a menos que te encante rodar horas y horas sobre terracerías y rutas de evacuación volcánica) y tuvimos que llegar hasta el periférico ecológico o algo así se llama, que si no le sabes, haces chirriar las llantas al pensar que es tu salida y de pronto descubrir que todavía no. Y por si las moscas, de una vez ahí llenarle el tanque (¡gulp!) a la Generala, así que todos a vaciar sus carteras mientras ven los edificios raros.

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Lo malo de vivir en Cuernavaca es que todo te apantalla: una carretera de cuatro carriles, los edificios altos, un elevador…

En fin, como sea, entramos a la autopista rumbo a CDMX para llegar a San Martín de los Huachicoleros y ahí conectar con el Arco Norte.

Peña Nieto sin duda construyó un chorro de carreteras… hacia su casa, claro, pero como “de camino” pasan por otros lados, al final resultan útiles.

Objetivo logrado y ya rodando en el Arco Norte donde todavía nos observan los volcanes, ahora la Mujer Dormida que nos ve a sus pies rodando como a 160 porque esa carretera está muy buena. Es más, conforme vamos entrando a territorio tlaxcalteca se va poniendo mucho mejor.
Ya para la altura de un lugar llamado Sanctorum, donde teníamos que abandonar el tump-tump del concreto que a bordo de una camioneta con esta distancia entre ejes todo piso le hace los mandados, como ya veremos más adelante.

La marcha en las Expedition es poco menos que señorial. Claro, las dimensiones no son para menos, y los siete ocupantes –incluyendo los de la tercera fila— van contentos y comiendo papitas y refrescos. Pero el secreto está entre las ruedas traseras, con una suspensión totalmente independiente (y en este caso, con calabazos adelante y atrás para tracción 4×4 que ya les contaremos) que sin duda, pesan, pero la máquina que apenas suena pero cuando le hundes al pedal a fondo ruge divinamente… tan así, que alguno dijo “aguas, nos va a rebasar un Mustang”.

Pero hablábamos de los tlaxcaltecas, a los que a todos desde chiquitos nos enseñaron a odiar porque se aliaron a los conquistadores españoles contra “nosotros” los meshicas.
Pero ahora que estamos en su territorio, descubrimos que tenían razón.

Sus poblados son civilizados –aunque sean chiquitos- no hay anuncios comerciales, CERO publicidad comercial en las calles, las banquetas están limpísimas y en perfecto estado y las casas todas muy bien mantenidas y decorosas. Las señalizaciones y los caminos están en perfecto estado, todo limpio, todo en orden, escuelas y hospitalitos impecables, con capacidad adecuada, no se apreciaban colas esperando turno ni gente acampando afuera.
Campesinos colaboradores, cooperando en proyectos grupales como justamente este de Piedra Canteada donde íbamos, trabajando en conjunto, todos educados y civilizados.
Ya desde siglos muy antiguos los naturales de esta zona no se metían con nadie, no les robaban a los reinos vecinos ni los esclavizaban.
Y sobre todo, no se comían a sus vecinos como hacían los nahuas de donde venimos.

Chín, a los guayabos y chilangos a bordo nos comienza a dar vergüenza reconocer que si estos tlaxcaltecas hubieran sido mayoría en la población nacional, nuestras ciudades no estarían como están.
Sino que estarían como estas poblaciones que vamos atravesando con la boca abierta.
No olvidemos que acá en Tlaxcala se fundaron las primeras Repúblicas de Indios, de autogobierno durante la Colonia, por “bien portaditos”.
Tras hacer el ”check-in” en un terreno baldío bajo una lona gigante, que hacía las funciones de “recepción” remota, donde intercambias dinero por cupones y se agrupan sonrientes pueblerinos porque todos ellos son “socios” de la reserva y se turnan, cada uno encargándose de cada cosa.

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Cubierto el trámite, salimos de la “ciudad” de Nanacamilpa y emprendimos brecha hacia el bosque, donde los árboles comenzaron a crecer.
En número y en tamaño.
Lagunitas, pobladitos impecables, senderos hacia todos los lugares de avistamiento, que son muchos pero nosotros, que somos muy listos, íbamos hacia el mero bueno.

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Fuimos bordeando pequeños hotelitos rústicos y sitios de campamento que tenían la desventaja (¡ya estábamos prevenidos y por eso no reservamos ahí!) que quedan fuera de la Reserva (el bosque de las luciérnagas, propiamente) y que, como comprobaríamos horas más tarde, hubieran resultado muy imprácticos. Para empezar, te cierran las puertas en las narices y ya no puedes entrar ni salir.

En este camino, donde la vereda se hace cada vez más dificultosa, vas cruzando puestos de control donde va uno entregando los talones de cada tema, alimentos, cabalgatas y, lo más importante, alojamiento en las cabañas DENTRO de la mera zona luciernaguil.

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Comienzan las manifestaciones de que estás entrando en territorio apache (es un decir, son tlaxcaltecas), porque se desvanecen las señales de internet y hasta de teléfono.
Por eso el “front desk” está allá afuera, en la civilización.

Acá adentro, comienza el bosque cerrado que solo durante los meses de junio a agosto se ilumina con las luciérnagas.
Por fin, llegamos a la gran cabaña.

El comedor (¡y baños! Todos salimos corriendo) ya echaba humito y pudimos comer.
¿A ver sus cupones?
Salen más cupones y todos contentos.
El adorno son animales disecados de la fauna local, venados, gato montés y (¡gulp!)grandes coyotes (ya nos harán correr más adelante).

Es rústico, sin duda, pero normalmente bien organizado. Lo malo es que este fin de semana es casi el último de la temporada y se dejan venir fanáticos campistas y locos parecidos –como nosotros— a ver qué pex.
¡Y el pex es que llegaron más de mil personas!

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Muchos con sus tiendas de campaña, todos con sus impermeables (¿impermeables? ¡con razón vimos puestitos en el camino donde los vendían con todo y demostración de echarle agua para ver que resbalaba!).
Los guayabos –mal acostumbrados al solecito permanente- preguntamos si mejor tenían playeras, y sí, con luciérnagas fosforescentes y todo y las compramos muy contentos.
¿Impermeables?

Después de comer, ¡siesta time! Un poco incómodo, hombres y mujeres compartiendo baño y camas matrimoniales.

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La cita para que salgan los grupos es a las 8 en “el letrero”.

Hay itinerarios largos, medianos y cortos. Herr Editor desde luego quiso imponerse gritando “Corto”, pero no le hicimos caso y nos pegamos al primer grupo que salía rumbo a lo más escarpado del bosque.
Todos –menos nosotros- llevaban impermeables.

El “monitor” (en Tlaxcala no son nomás guías, ¿ven?) nos contaba y revisaba, y nos mantenía casi agarrados de las manos asegurándose que no nos separáramos. Éramos como 90 por grupo.
“Ay, para que tantos cuidados, ni que nos fuéramos a perder” dijo un guayabo que se había quedado atrás.
En ese momento de entre la maleza saltó un coyotote mostrando todos sus dientes y el infractor corrió hasta trepársele a Herr Editor (es que es el más grandote) y casi tirarlo.
El monitor solo alcanzó a gritar.
“¿Todo bien allá atrás?”
¡Siii!… repetimos todos los de M/V, abrazados.

El avistamiento… pues qué les podemos decir. Te piden silencio y nada encendido. Nada de pantallas de celulares, porque se espantan los animalitos. Vimos como mil, padrísimo, las de arriba son los machos que sobrevuelan a las hembras, que se ponen todas coquetas en las ramas bajas. Cuando una de ellas ve a un galán que le gusta (ve tú a saber qué les miran desde abajo) le “echa las altas” (así dijo el monitor) y el galán se echa en picada.

Lo demás no tenemos por qué contárselos, pero en ese momento cayó el primer rayo.
“¡Agrúpense! ¡Todos juntos cerca de mí!” y se arrancó de bajada a paso veloz y con solo una lucecita para guiarnos.
No lo dijo, pero seguramente en cada grupo –o por lo menos en cada temporada- se le pierde uno, a otro se lo come un coyote y a un tercero lo achicharra un rayo.

Corrimos de bajada sobre el lodo y casi todos agarrados de las manos (ya se imaginan) hacia el valle que estaba todo apagado. Apagan TODAS las luces para que uno pueda ver bien a las luciérnagas. Pero con el cielo cayéndose a pedazos (¡los impermeables!) rayos por todos lados y coyotes seguramente ocultos .

El caso es que el camino de regreso pasaba cerca de nuestra cabaña (y de La Generala estacionada afuera, que desde lejos le prendimos las luces con el control remoto y nos guió “a casa”) así que desertamos, dijimos ni madres que merendamos en la gran cabaña y corrimos a protegernos.
De todo, porque como otros 300 vieron las luces de nuestra camioneta y se lanzaron detrás.
A patadas, engaños y mordiscos logramos que se siguieran hasta la gran cabaña, les dijimos que había consomé calientito, aunque sabíamos que solo había pan duro y café, jeje.

Nunca habíamos estado tan mojados. Herr Editor se puso la toallita tamaño servilleta que nos dieron a cada uno “para bañarse” en la cabeza y decía sombríamente que se iba a morir de neumonía.
Nah, la verdad nomás parecía Obi Wan Kenobi, pero muy enojado.
obi wan kenobi
“De haber sabido lo que significa el #$%&? Turismo de Aventura
¡ni me apunto!”

Pero sirvió, porque estaba tan enojado que cuando a medianoche oíamos a los vecinos gritando y carcajeando –porque previsoramente habían llevado tequila a su cuarto- se les fue encima dando zapatazos en su puerta y se callaron.

Por suerte, no le abrieron porque se hubieran pegado el susto de su vida con un Obi Wan de casi dos metros de altura, la cara cubierta y un enorme zapato en la mano.

Llegó el domingo, hora de volver a la Oh, Gran Cabaña, unos pasos debajo de una colorida estatua a la Luciérnaga, a ver qué nos daban de comer.

Y nos dieron, rico, aunque nunca habíamos desayunado chilaquiles con ponche de frutas, por ejemplo.
A estas horas ya se habían ido casi todos los 2,000 que acamparon y solo quedábamos los “élite”(o sea con cupones, jeje) y por cierto, entre los de cabaña estaban otros tres grupos de colegas exploradores que ¡también venían en Expeditions!
No nuevas como la “nuestra” pero igual de eficaces, nos contaron. Por eso los cachamos al amanecer admirando a la Generala y nos traspasaron a preguntas, así que en agradecimiento a Ford por el préstamo, nos convertimos en sus mejores vendedores, contándoles todas las novedades.
Uno de los más interesados resultó dueño de un campo de golf en Puebla, así que seguro puede pagarla.
Nosotros no.Y bueno, ya era hora de regresar.
¡Ahhhhhhh….!

Horas más tarde, ya de nuevo en territorio tlahuica –otros que opusieron feroz resistencia contra los nahuas pero también contra los españoles- como que nos empezó a dar hambre.
Con tanta emoción, no tuvimos la elemental precaución de detenernos a comer en Yecapixtla, así que propusimos una alerta hambrienta a ver quién detectaba comida. Y luego luego surgió la inventiva de uno de los ingenieros de pruebas.

La Expedition Platinum tiene una función de ladar (combinación de radar con sonar) para advertir de emergencias en el camino, pero en el camino la reeducamos al entorno morelense para que detecte cecina en lugar de obstáculos.
Ahora, en vez de advertir la emergencia, pone la direccional y solita se desvía cuando detecta un puestito con tacos de la misma. Así asaltamos uno que prometía (aunque ya no era) genuina de ese lugar.

El retorno no tuvo incidentes, salvo que en la subida de Yautepec rumbo al retorno cerca de la Pera, ya están construyendo otros dos carriles pero mientras tanto, cualquier camión lento subiendo, atora a los demás creando colas de kilómetros.
Chín, qué pena para los morelenses al recordar las eficientes carreteras de aquel lado de los volcanes.
Pero no contaban con las maravillas de la Generala, que analizando el prospecto de dos horas extra a vuelta de rueda, ella solita con su discreta perilla de velocidades en la consola y fáciles botones anexos nos propuso dar vuelta en U, brincarnos las trancas de la obra y bajar un tramo por el todavía inexistente carril de bajada –pura grava, canales y algunas profundas zanjas- mediante la aplicación de su tracción total y hasta con el divertido Hill Descent Control (que ya habíamos puesto a prueba satisfactoria en los lodazales del bosque alto) nomás que ahora en régimen alto y sin candados. Nos volvimos expertos. Échenos a un jeep y nos lo comemos, porque la gran virtud de la Expedition es que nunca, nunca pierde la compostura, sea como sea el piso y ande como ande el clima.

Un deleite ver las caras de sorpresa de los demás, que nos veían con asombro rodando con todo confort y a buen ritmo pese al suelo garapiñado.
Eso sí, tuvimos buen cuidado de no apachurrar algún teporingo (o sea el célebre y endémico “conejo zacatero”) que todavía no se haya acostumbrado a usar sus nuevos pasos subterráneos.

¡Y adióoosss a los que siguen atorados ahí!

staff

 

@FordMX

 

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