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Sonido a Bordo: ¿Cómo se siente la alegría absoluta?

La añorada autora de esta gustada ( y a veces melancólica) sección regresa con una nueva colaboración que esperamos disfruten sus fans

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Hace algunos meses tomé una decisión que cambió mi vida. No, no decidí ponerme a dieta ni meterme a estudiar otra carrera.
La decisión que tomé fue la de cambiar mi vida.
Por completo.
Me cambié de país, de continente.
Dejé allá lejos a mi familia. Dejé mi trabajo y a mis amigos, algunos nuevos y otros de toda la vida.

Suena duro. Y lo es. Pero esta es una decisión que tomé por mí, para darme la oportunidad de probar lo que hay acá afuera, en el mundo. Quería saber cómo sería vivir en el otro lado del planeta, en esos países que había visitado y me causaban tanta fascinación.
¿Serían igual de hermosos después de la vacación?

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¿Seguiría dándome esa mezcla de emoción y melancolía escuchar “La Valse d’Amélie” (*banda sonora de la película El Fabuloso Destino de Amélie Poulain) mientras me imaginaba vagando por París, cuando pudiera hacerlo todo el tiempo?

Y así, mi destino se me puso enfrente y, siendo cuidadosa de no pensarlo demasiado, dije que sí y me mudé a Francia. A Toulouse, específicamente, a unas horas al sur de París.
No puedo negar que durante las primeras semanas me sentí de viaje, conociendo lugares nuevos, queriendo visitar todo y comprarme recuerditos de cada esquina. Esa musiquita alegre, tan francesa, de Amélie, me inundaba. Casi mato a mi pobre perro (el Chueco, para quienes no lo conocen)

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por agotamiento tras las caminatas de 5 o 6 horas cada mañana y a mi marido con mi emoción desbordada por viajar todos juntos en tren en Europa.

Poco después llegó el pánico: “¿Qué diantres estaba pensando? ¡Si yo no hablo francés!”. Había dejado un buen trabajo, todo lo conocido, ¡por un país donde no recogen las popós de los perros y comen quesos apestosos!

Luego, el pánico se transformó en tristeza; salía a caminar con Chueco y me ponía a escuchar “Comptine d’un autre été”(*), llorando, extrañando lo que ya no tenía. De repente me costaba trabajo recordar por qué había tomado esta decisión.

Hoy, varios meses más tarde, sigo aquí, viviendo felizmente en Toulouse. Disfrutando mi nueva ciudad y aprendiendo a amarla con lo bueno y lo malo. Sin tacos, que es lo más triste. Ayudada por la tecnología que me permite ver a mi familia cada semana y platicar con ellos como si estuviéramos en la misma sala.
Ya entiendo mejor el idioma, lo que ayuda muchísimo, y me permite empezar a crear amistades nuevas.
Eso sí, sin tacos. En serio, es lo más terrible.
Me convertí en uno de esos migrantes que darían su reino por una salsita verde.
Pero cada vez que me entra esa nostalgia otra vez, voy y me compro un queso maravillosamente apestoso y una baguette crujiente y calientita que muerdo inmediatamente.

Me siento en nuestro parque del barrio, el Jardin Royal,
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a observar el laguito y a todos los patos, junto a mis grandes amores (mi perro y mi esposo, no entremos en la discusión del orden de la lista), y respiro.

Cuando tomé esta decisión, no tenía idea de la cantidad de sacrificios que tendría que hacer. ¿Que cómo se siente la alegría absoluta?
Poniéndome unos audífonos, con la música de Amélie a todo volumen y vagando por mis nuevas –aunque tan antiguas- calles, con mi corazón bien amarrado a todo lo que se quedó atrás. Vale la pena.

Candia Novaro

https://www.youtube.com/watch?v=2dNumlvJEgg&t=27s (Soundtrack completo)

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