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Autopía: Mis verdaderos maestros

Un relato desinhibido acerca de cómo nació la afición    -y de dónde se robó el talento-  contado por el propio Herr Editor, para que naciera Motor y Volante.

 

Había una vez un niño que nació en una casa donde no alcanzaba para que hubiera un coche en el garage. Es más, ni siquiera había garage.
Aun así, traía los bolsillos llenos de minúsculos cochecitos de plástico, de metal y hasta de madera. Bueno, éste, la verdad, era grandote y su tesoro. Una guayín Ford  1947 trabajada en madera real, a escala perfecta 1/18 o algo así,  con pintura de esmalte, ventanillas de mica, puertas que se abrían y ruedas de hule verdadero y esponjoso.
No tengo idea de cómo llegó a mis manos. Si me lo regalaron siendo “del año”, yo apenas tenía tres al recibirlo.

El amor por los autos de este niño, que nomás veía de lejos o a escala, resultaba incomprensible para su familia, que lo veían como bicho raro y “presumido” porque un coche, para ellos, era un objeto de lujo, no de admiración.

Así que, como comprenderán, ese niño (“Pichilingo”, le decían) tuvo que buscarse sus propias maneras de alimentar su pasión por los coches. Y leyó y leyó todo lo que tenía a su alcance, especialmente de coches y de aviones.

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Las dos primeras revistas que pudo leer eran la Mecánica Popular de entonces, que a veces dedicaba sus portadas a los coches, no a muebles para armar. Tenía una sección, la más codiciada, “Noticias de Detroit”, donde contaban chismes de los modelos que iban a salir, así como reportajes con detalles ¡y el desempeño! de los coches de los 50 tempranos, cuando ya había aprendido a leer.

Más tarde, con el inglés que ya sabía, se aventuró a leer revistas y libros extranjeros. Ese niño, desde entonces decidió que  las carreras no le interesaban.
Su pasión eran los coches, los aparatos, no los pilotos, a los que desdeñaba como “prima donnas”  que solo querían llevarse la copa.

Así que Road and Track pasó a segundo plano y fue desplazada por Car and Driver.

Vino a mi buzón cotidiano Car and Driver, en manos del “chueco” David E Davis Jr.,

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quien demostró que uno podía hacer bromas al escribir de coches. Y regañar a los lectores. Y hacer, en conjunto, una revista de autos divertida de leer. Me inspiró a pensar -por primera vez- que yo podría hacer algo así, en español. Incluso fui a verlo a su oficina en Detroit -sorprendentemente modesta- para proponerle un joint venture, pero él ya estaba por salirse de C/D y arrancar AUTOMOBILE. Ahí andaba otro maestro, Csaba Csere (“Chava” le decía yo, porque así sonaba en checo).
Chava me enseñó a probar coches con instrumentos y a medir la importancia del eje trasero para el curveo.

Desde muchos años antes, ya inundaba mis sentidos una revista inglesa, CAR, no la primera que hubo en el mundo, pero quizá la segunda, pues fue fundada ¡en 1898!
Tuvo sus ratos malos, como todas, como cuando les dio por poner chicas en bikini ¡casi tapando los coches!
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Luego ya volvieron al buen camino y si alguien reconoce el “tratamiento cromado” del nombre CAR, que se ve también en los primeros ejemplares de Motor y Volante, no se equivoca.  Como dato curioso, en los 60, sus reportajes le dedicaban TRES PALABRAS a las OPCIONES del coche: si traía o no palanquita ocultabrillos nocturna en el retrovisor. ¡Cómo han cambiado las cosas! Hoy un coche no se vende si no viene cargado hasta de palomitas de maíz y aromas a escoger.

A principios de los 60, las revistas todavía se imprimían en papel periódico y a una sola tinta excepto en la portada (esquema que también copió M/V, pero nunca nos salió bien y cambiamos al actual) y fue poco después que todas ya cambiamos a usar papel satinado e impresión interior a cuatro tintas.

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Hablábamos de Inglaterra. Fue tal mi azoro al descubrir la calidad de los periodistas de la isla brumosa, que incluso desvié mi atención -temporalmente, mientras estudiaba profesionalmente cómo fabricar aviones- hacia mi otra adoración británica, la revista de la Real Fuerza Aérea, RAF Flying Review, hasta que desapareció, pero de ellos también aprendí a contar historias masculinas. O sea, como cuando la tripulación de un bombardero que se incendió tuvo que decidir si aventarse -sin paracaídas- o quedarse.

Yo ya no era un niño. Y devoraba todo lo que se refiriera a aparatos, de los que ruedan y de los que vuelan. Y adquirí maestros que me enseñaron a escribir de coches. De CAR, George Bishop, de quien aprendí que no hay que tomarse la vida muy en serio. El asistía a los lanzamientos de las marcas más que nada porque había buen vino.

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Una vez confesó que en un evento de Citröen en la Costa Azul, bebió tanto que no pudo levantarse para ir al recorrido de manejo. Y le valió gorro. Igual publicó el reportaje donde describió los buenos vinos y los chistes que contaron.  Ah, sí puso una o dos fotos del coche, un CX porque a eso sí salió, a tomar fotos, cuando regresaron sus colegas. Citröen no dejó de invitarlo siempre como huésped de honor, por la extraordinaria calidad de sus colaboraciones.
Citroen-CX-1974-04Otro gran maestro que descubrí fue el loquísimo LJK Setright, cuyo manejo de las letras inglesas dejaban a Shakespeare mal parado.
Loquísimo, con una barba que le llegaba al ombligo, pero no ha existido, jamás, nadie que escriba de autos como él. Incluso Car and Driver trató de “importarlo” a sus páginas, pero sus lectores (gringos al fin) no lo toleraron.

 

 

 

Es autor de varios respetables libros como el que se muestra arriba, sobre diseñadores.
Lo conocí en el Salón del Auto de Earls Court, en Londres (mi primer autoshow europeo, que yo solito me pagué el boleto) y tomamos un café.
Ahí me soltó una máxima sobre periodismo automotriz que jamás se me ha olvidado:

“Our job is quite easy, young chap.
You just have to learn which eye you use to describe the car depending on how the marque relates to you:
use your left eye that only sees the good things when reviewing motorcars from people who respect your work.
And use the right eye which cleverly sees only the bad things, with those who do not.   
Since in reality, all cars are about the same. It’s just a matter of how you tell the story”.

Traducción breve e injustamente pobre:
“usa el ojo que ve lo bueno cuando te respeten                                                                                             y usa el que solo ve lo malo, cuando no.                                                                                                    Porque todos los coches son en realidad iguales;                                                                                       solo es cuestión de cómo cuentas la historia”

 

Y finalmente, aunque no en orden cronológico, como yo no leía Road & Track  porque me aburría, durante años me perdí de las lecciones de otro gran maestro que acabó siendo amigo mío: Paul Frére.

 

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Un día,  no hace muchos años en Frankfurt, Paul me honró aceptando sentarse a la mesa donde estábamos los periodistas mexicanos. Lo presenté y casi todos pusieron cara de “what?” (…colegas que hoy dirigen prestigiosos medios nacionales, pregúntenles).

Hasta que Nikki Lauda y Jackie Stewart vinieron a saludarlo, que lo vieron al pasar por el pasillo fuera de donde comíamos.
Solo entonces mis colegas abrieron los ojos y preguntaron quién era.

Paul era el reportero de R&T que cubría F1 y LeMans (corríjanme los que saben de carreras) y constantemente escribía:  “es que fulano debió tomar la curva 4 quebrándose tres segundos antes”, o “si no hubiera cruzado su coche en la chicana, hubiera ganado la carrera”. Incluso publicó una frase célebre sobre un famoso subcampeón:
“si hubiera tenido más huevos en las rectas, sería el campeón, no el sub”. 

Los pilotos lo odiaban, hasta que un día lo retaron diciendo  “A ver, si eres tan bueno, Paul, ven a la pista y compite”.  Paul-Frere-676x1024

Aceptó.

Se preparó y entró a LeMans.                                                                                                        Les ganó. Tres veces, creo.
Nunca volvieron a dudar de sus opiniones.
Murió en Mónaco, en 2008.

Ah, tanto aprendí de mis maestros que me pareció injusto nunca mencionarlos.
Honor a quien honor merece, y ¡muchas gracias a todos!

Gabriel Novaro

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