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De la Tierra a la Luna

Autopía

Durante la vida de un conductor “normal”, se acumulan muchos kilómetros recorridos.
Algunos suertudos acumulamos muchos más.

El otro día, alguien me preguntó cuántos kilómetros habría yo recorrido, manejando, en toda mi vida, particularmente dado que mi vida profesional gira alrededor del volante. Y bueno, seguramente hay quienes suman más, un taxista o trailero, o conductor de autobús foráneo, que tienen la fortuna de tener una “oficina” móvil.

Yo seguramente no he acumulado tantos km como ellos, pero a cambio he tenido la suerte de manejar muuuuchos coches diferentes, así que eso también debe sumar puntos. Sé que han sido más de 2 mil (una vez que teníamos secretarias de sobra, me sacaron la cuenta en la oficina) . Casi 3,000 autos entre propios y ajenos.

Me puse a sacar unas cuentas demasiado complicadas. Cuánto manejo al año, cuánto kilometraje le he “metido” a cada uno de mis coches personales. No que tenga muchos simultáneos, sino los que he ido acumulando a lo largo de 61 años manejando. O más, ya verán por qué.

Comencé muy temprano. Sin contar los carritos de pedales uno de los cuales (metálico) aventé escaleras abajo desde el segundo piso “para ver qué le pasaba a la carrocería” (ya asomaba mi espiritu investigador).

Y conste que no cuento las pocas veces que mi papá me sentó sobre sus rodillas mientras él manejaba (conducía horrible, nunca entendió de coches) cuando se compró su primer auto, un Nash 1941 en 1948, no por interés propio sino presionado por su servidor de 4 años de edad. Supongo que a Herr Niño le parecía absurdo no tener uno en casa si otras familias sí.

Porque los coches son -ya desde entonces razoné- algo indispensable en la vida.
No se me ocurría que esas otras familias tenían coche porque tenían dinero, cosa que mi familia no (ni coche ni dinero) ya que mi papá era periodista recién regresado como corresponsal de guerra (y además poeta) y con esa chamba no se gana mucho. Molí tanto, me cuentan, que ahorró y ahorró y se lo compró; le pidió al de la gasolinera más cercana que le enseñara a manejar (horrible, ya dije) y me sentó en sus piernas para que le diera vueltas al volante. Yo ni alcanzaba a ver por el parabrisas. Era un Nash 41, no un Mazda MX5.

A los doce me soltaron un coche por completo, allá en un incipiente y solitario Valle de Bravo, un Ford ’54.

Bien, las dos primeras veces, pero a la tercera choqué con otro Ford ’54 en manos de otro chamaco de 12 o 13, al que también le estaban enseñando. Lo malo fue que nos cruzamos en un angosto puente y no cupimos. Total, cada quien se fue con sus daños. Pero yo con el orgullo intacto porque mi papá, ya de camino a casa dijo: “¡Qué baboso ese fulano, mira que soltarle el coche a un chamaco que no sabe manejar!”

Hmmmm.

Pero de ahí inferí que yo sí sabía, y así me fui de frente sin soltar el volante, creyéndolo hasta la fecha.

Y bueno, ¿cuántos kilómetros sumé al volante? Les ahorro las cuentas (aunque aquí las tengo, muy meticulosas). Más de 2,600,000 km cerrando la cifra por aproximación, pues se incluyen algunos imponderables.

Asi que analicemos: de la Tierra a la Luna son cerca de 400,000.
O sea, más de seis veces esa distancia. Puesto más terrenalmente, le he dado 65 vueltas a la circunferencia del planeta.

¿Y saben qué es lo MÁS IMPORTANTE que descubrí en todo ese recorrido?
¡Que ha sido un paseo maravilloso!

Gabriel Novaro

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