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¿Dónde quedó Fordlandia?

¡No en Detroit, sino mucho más abajo!

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El viejo Henry Ford -han habido varios, pero el que nos interesa para esta historia es el primero- fue hombre sabio.
Un poco loco, sin duda, pues a la par que desarrollaba ideas innovadoras y hablaba sin pelos en la lengua, planeó e intentó hablar con Hitler para “desconvencerlo” de sus ideas racistas.

Lo que lo hizo más famoso fue que utilizó, por primera vez en una línea industrial de gran calibre, la idea de la producción en serie.
Sus habilidades empresariales se hicieron célebres cuando, hablando con un empleado con quien se caían mutuamente gordos y se peleaban a cada rato, por lo que el sujeto sugirió que mejor renunciaría, Ford le respondió:
“No es necesario que nos caigamos bien para que trabajemos bien, uno al lado del otro”.
Y así trabajaron muchos años más, tan campantes y mentándose la madre de vez en cuando.

Pero una de sus ideas -que no sabemos si tachar de genial o descabellada- ocurrió en 1928.
Inmerso en su plan de hacerse de insumos de la manera más práctica posible -intentó, sin lograrlo, implantar lo que luego los japoneses se adjudicaron como suyo, el sistema de producción y ensamble “Just in Time” (justo a tiempo) con el que quería acabar con las constantes fallas en las entregas de su proveedores. Llantas, baterías, pinturas, cuero para los asientos, todo le llegaba casi por azar, y nunca sabía cuándo tendría justo lo necesario, a mano y en el momento oportuno.

Analizando sus proveedurías, descubrió que el caucho, en gran medida, provenía de la zona amazónica de Brasil. Y que ahí la producción estaba en manos de hacendados despiadados e indios medio encuerados y que los pequeños vapores que entraban por el río se descomponían a cada rato.

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“Así no se puede, hay que meter orden”. Dicho y hecho, compró cientos de hectáreas en plena selva y construyó ahí todo un pueblo, con arquitectos famosos de Detroit y ofreciendo el oro y el moro a ingenieros fabriles para que se mudaran allá y proveyeran las llantas, las válvulas, los bujes y retenes de hule que le urgían.
Ford trató de convertir una enorme franja de selva brasileña en una tierra de fantasía tipo Medio Oeste estadounidense a la que se nombró (en serio) Fordlandia.

Hoy, con apenas dos mil habitantes, dista mucho de ser una ciudad perdida, con habitantes que subsisten de pequeñas parcelas pastando ganado cebú o cultivando yuca.
Desde un principio, la ineptitud y la tragedia persiguieron al proyecto. Los “encuerados” de Ford, desdeñando a los expertos, sembraron semillas de valor cuestionable y dejaron que la plaga en las hojas acabara con la plantación de caucho.

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Pese a tales reveses, Ford construyó un pueblo estilo estadounidense, que quería que fuera habitado por brasileños que se apegaran a lo que él consideraba que eran “buenos valores estadounidenses” (compartir con ellos The American Way of Life, dijo).
Las banquetas se hicieron de concreto, se pusieron novedosas luminarias de mercurio, hidrantes anti incendios, y estaba prohibida la venta de bebidas alcohólicas.
Partes de estas calles persisten en el pueblo, a la sombra de los salones de baile en decadencia y bodegas derruidas.
Se fomentaba la jardinería, el baile de música country y la lectura de la poesía de Emerson y Longfellow.
Para el final de la Segunda Guerra Mundial, estaba claro que cultivar árboles de caucho alrededor de Fordlandia ya no podía ser rentable, en vista de la plaga y la competencia del caucho sintético y de las plantaciones asiáticas.

Ford entregó el pueblo al Gobierno brasileño en 1945 y éste cayó en declive.
“Los estadounidenses no sabían nada sobre caucho, pero sabían cómo construir cosas que perduran”, afirmó Joaquim Pereira da Silva, de 73 años, quien vive sobre “Palm Avenue”, en una vieja casa estadounidense que le compró a un locatario en 1997, por
20 mil reales (unos 6 mil 670 dólares).

En 1930, los trabajadores hartos de comer la dieta de Ford de avena, duraznos enlatados y arroz integral armaron un disturbio a gran escala.
Destruyeron los relojes de entrada de personal, cortaron el suministro eléctrico a la plantación y gritaron la consigna, “Brasil para los brasileños; maten a todos los gringos”, obligando a algunos de los gerentes a huir a la selva.

Ford podría haber evitado tales tragedias y la administración desastrosa de la planta, si hubiera buscado consejo de especialistas en el cuidado de árboles de caucho o de expertos en cómo el Amazonas, con su voraz vegetación, puede frustrar las empresas más ambiciosas.
Él en todo quería innovar y aborrecía aprender del pasado.
“La historia es una patraña”, declaró Ford a The New York Times, en 1921.

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Poco se imaginaba que en 2017, ese diario estaría en manos del mexicano Carlos Slim, que Sumatra y toda Indochina iban a cultivar caucho sin problemas y que, además, el plástico iba a sustituirlo.
Hubiera construido Fordlandia en China y otro gallo nos cantara.

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